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Trump desquicia incluso a los cómicos

Reírse de Donald Trump se ha convertido en un deporte de alto riesgo. Ridiculizar a un presidente que es una caricatura andante ha llevado a algunos cómicos a pasarse de la raya. 

El caso más sonado ha sido el de la humorista Katy Griffin que hace algo más de una semana apareció en las redes sociales sosteniendo la cabeza decapitada y ensangrentada de Donald Trump en una instantánea del fotógrafo del corazón Tyler Shields. Era, dijo Griffin, una forma de protestar por los comentarios sexistas de Trump.

La que se montó. La imagen enfureció al presidente y a su familia, así como a todo el espectro político estadounidense, que coincidió en calificar el acto de inapropiado. Griffin tuvo que disculparse. En un vídeo en Twitter, la cómica apareció sin maquillar y con cara de pena para decir que había ido “demasiado lejos”,  reconociendo que la imagen “no era divertida”, antes de pedir perdón a sus fans. 

A la CNN no le ha convencido tanta disculpa porque ha despedido a Griffin, que desde hace más de diez años presenta el programa de fin de año de la cadena de noticias junto al presentador Anderson Cooper. Y eso que Griffin nunca ha sido exactamente sutil en su humor (llegó a quedarse en ropa interior en una de las retransmisiones con Cooper). 

En una conferencia de prensa posterior, Griffin acusó a Donald Trump –que la ha criticado duramente en varios tuits– de hacerle la vida imposible. “El presidente en ejercicio de Estados Unidos, sus hijos mayores y la primera dama están personalmente tratando de arruinar mi vida para siempre”, dijo la humorista en Los Ángeles. “Ustedes lo conocen, no va a parar”.

Griffin teme ahora que la foto pueda hundir su futuro profesional. “No creo que tenga una carrera después de esto. Voy a ser honesta, me ha dejado en la quiebra”, declaró llorando. Griffin contó también que ha recibido muchas amenazas de muerte “algunas de ellas muy detalladas”. 

La polémica también se ha centrado en saber si Griffin cometió un delito federal al amenazar la vida del presidente –por lo que ha sido (imaginamos que muy brevemente y sólo para fastidiar) investigada por el Servicio Secreto– o si su exabrupto está legalmente protegido por la Primera Enmienda de la Constitución que defiende la libertad de expresión. 

A primeros de mayo le tocó el turno a Stephen Colbert, el presentador del late show en la cadena CBS, el programa de máxima audiencia que se emite a las once y media de la noche. Colbert es un cómico subversivo que nunca ha necesitado caer en improperios para ser divertido. Prueba de ello fue el increíble discurso que dio en la cena de corresponsales de la Casa Blanca poniendo en ridículo a George W. Bush en 2006. Una oda a la elegancia y al humor. 

Total, que Colbert, llevado por sus criticas contra Trump que en estos últimos meses han disparado su audiencia, cometió una pifia en el monólogo con el que normalmente empieza su programa al juntar en una misma frase –utilizando una expresión que suelen usar los marines– a Trump, Vladímir Putin y sexo oral. Y eso, después de decir que el presidente aglutinaba a “más gente en su contra que el cáncer” y que hablaba “como un gorila al que le hubieran pegado en la cabeza”.

La reacción no se hizo esperar. #FireColbert se convirtió en trending topic por considerar la broma como un chiste homófobo. Aunque la cosa no ha ido a más. De hecho, Colbert no se ha disculpado (“creo que (Trump) sabe defenderse. Yo tengo los chistes, él tiene los códigos nucleares. Es un combate justo”), aunque reconoció que algunas palabras fueron “más groseras de lo necesario”. 

Bill Maher también ha sido víctima del factor Trump, no tanto por haber atacado al presidente, sino por el ambiente del “todo vale” que parece propiciar el inquilino de la Casa Blanca con su ristra de comentarios despectivos. El presentador iconoclasta lleva años encandilando a los viejos progres estadounidenses con el programa de sátira política Real Time que difunde la cadena HBO desde 2003 y que se emite en directo los viernes.

Maher, en una conversación con el senador republicano por Nebraska, Ben Sasse, el 2 de junio, usó una de las palabras más tabúes que puede pronunciar un blanco en Estados Unidos: “nigger” (la forma más despectiva y racista de decir “negro”). 

En un momento del intercambio, Nasse animó a Maher a venir a trabajar en el campo, por aquello de recuperar los auténticos valores del país, a lo que Maher, sonriendo, dijo que ni por asomo, que él era un “house nigger”, vamos que no salía de su casa ni a patadas. Se dio cuenta de que había metido la pata y al instante subrayó que era obviamente una broma, pero aún así  se montó el escándalo.

HBO dijo que el incidente era “inexcusable” y que borraría el segmento del programa aunque se puede seguir viendo en los tuits que retomaron el incidente. Maher por supuesto se ha disculpado reconociendo que la expresión era “ofensiva”. 

Estos episodios parecen confirmar que es difícil ir más allá de Trump. Griffin resumía bastante bien en su rueda de prensa el ambiente que se vive en Estados Unidos. “Con Clinton podías hacer bromas sobre el vestido (de Monica Lewinksy manchado de semen) y nadie amenazaba con matarte”, dijo y luego reconoció que, pese a todo, “estos son buenos tiempos para los humoristas, aunque dé miedo ser un ciudadano”.

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