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Muere el nobel de la Paz y preso político chino Liu Xiaobo

El nobel de la Paz chino, Liu Xiaobo, ha muerto este jueves bajo custodia en un hospital del norte del país, tras haber sido recientemente excarcelado por un cáncer terminal, según ha anunciado un comunicado oficial. Sus demanda de reformas políticas le han terminado costando la vida.

Un cáncer de hígado, diagnosticado demasiado tarde el pasado 23 de mayo, y la negativa de las autoridades a concederle la libertad para recibir tratamiento en el extranjero hicieron que uno de los activistas más prominentes de la segunda potencia mundial acabase en estado crítico, con un fallo orgánico múltiple y gran dificultad para respirar. Sus familiares se negaron a mantenerlo con vida de forma artificial, razón por la que los médicos consideraban que su fallecimiento era solo cuestión tiempo. 

De nada sirvieron las tímidas voces que desde la comunidad internacional pidieron su liberación. Entre los jefes de Estado, solo la canciller alemana, Angela Merkel, pidió a China que mostrase “algo de humanidad” con Liu. Pero, como recalcó un artículo del diario oficialista Global Times, “China ya tiene confianza en sí misma y fuerza suficiente como para no doblegarse ante la presión internacional”. Aunque eso suponga, como apuntó el disidente Hu Jia, cometer “un asesinato político”.

Liu Xiaobo nunca pensó que lo arrestarían por redactar junto a otros activistas chinos la Carta 08, un texto inspirado en la Carta 77 checoslovaca que fue publicado a finales de 2008, coincidiendo con el 60 aniversario de la Declaración Universal de los Derechos Humanos de Naciones Unidas, para exigir reformas políticas en China. Y mucho menos pudo prever que eso acarrearía una condena a once años de prisión por ‘incitar a la subversión contra el Estado’, pero es la sentencia que le impusieron en 2009, meses antes de que le fuese concedido el Premio Nobel de la Paz “por su larga y no violenta lucha en favor de los derechos fundamentales en China”.

Nacido en 1955 en la ciudad nororiental de Changchun, Liu descubrió la sinrazón del maoísmo que va a acabar con él nada más entrar en la adolescencia. Antes de comenzar la enseñanza secundaria, fue enviado al campo para trabajar en una granja durante la onerosa Revolución Cultural.

Tras su regreso a casa, estuvo empleado en una empresa de construcción hasta que pudo matricularse en la Universidad de Jilin para estudiar Literatura China, su pasión. Tras licenciarse, Liu comenzó una exitosa carrera como escritor y continuó estudiando hasta completar su doctorado en la Universidad Normal de Pekín, donde comenzó a trabajar como profesor.

Su biógrafo, Yu Jie, recuerda al joven Liu como un hombre bohemio y donjuán que siempre encontraba tiempo para el ‘hanky panky’. Pero también como un gran profesional devoto de su trabajo. No en vano, sus escritos y su incipiente activismo prodemocracia fueron lo que le convirtieron en profesor invitado en Oslo, Hawái, y en la Columbia University de Nueva York, que es donde estaba impartiendo clase cuando estalló la revolución estudiantil de Tiananmen.

“Aunque termine sufriendo, continuaré luchando”

En cuanto tuvo noticia de lo que sucedía, no lo dudó ni un momento. En abril de 1989 dejó su trabajo para volar a Pekín, donde participó de forma muy activa en las protestas. “Aunque termine sufriendo una interminable serie de tragedias, continuaré luchando y mostraré mi oposición a la dictadura”, dijo en una premonitoria entrevista previa a la matanza.

El 2 de junio de aquel año, Liu comenzó una huelga de hambre junto a otros activistas. No obstante, dos días después la situación se tornó extremadamente violenta y él, consciente del peligro que existía, negoció con el Ejército la retirada de un importante grupo de estudiantes. Los historiadores concuerdan que, a la postre, fue una decisión que salvó numerosas vidas.

Desafortunadamente, después de rechazar asilo político en Australia, él acabo entre rejas por primera vez. Se le consideró culpable de llevar a cabo “acciones de propaganda contrarrevolucionaria” y no fue liberado hasta enero de 1991. Curiosamente, durante su primer cautiverio sucedió algo que cambió la vida de Liu para siempre: se divorció de su primera mujer.

Por su parte, la poetisa Liu Xia hizo lo propio con su primer marido. Fueron unos primeros pasos aparentemente fortuitos que propiciaron, a su salida de prisión, que ambos iniciasen una historia de amor incondicional que se ha mantenido hasta el final. “He encontrado toda la belleza del mundo en esta mujer”, dijo él.

Se habían conocido a principios de los 80 porque compartían círculos intelectuales similares, y, aunque ella no tenía carácter político, la llama no tardó en prender. No obstante, Liu antepuso su lucha a su vida privada y no tardó en volver a encontrarse con las Autoridades, que lo tenían permanentemente vigilado. En 1995 pasó siete meses detenido sin cargos, estrategia habitual en el aparato de represión chino, y en 1996 fue un paso más allá en su confrontación con el régimen.

Junto a otros disidentes, Liu exigió que se cumpliese con el artículo 35 de la Constitución y que se otorgasen derechos fundamentales reconocidos teóricamente por la Carta Magna, como las libertades de prensa, expresión y manifestación. También reclamó la posibilidad de establecer diferentes partidos políticos. El grupo incluso exigió el procesamiento de Jiang Zemin, que entonces ostentaba los cargos de presidente de la República Popular y secretario general del Partido Comunista, por haber hecho declaraciones anticonstitucionales al afirmar que el Ejército es el “líder absoluto” del Partido y no del Estado. Lógicamente, Liu fue apresado de nuevo. Esta vez su sentencia aumentó hasta los tres años.

Pero eso no evitó que Liu y Liu se casaran en 1996, cuando él estaba encerrado en un campo de trabajos forzados. Y como ambos han recordado en varias ocasiones, después de haber logrado esquivar todas las trabas que les puso el Gobierno para contraer matrimonio, la boda no estuvo exenta de un contratiempo surrealista: la cámara del fotógrafo que debía retratarlos juntos para el Libro de Familia no funcionaba. Así que, mucho antes de que se popularizaran las herramientas digitales de retoque fotográfico, los Liu tuvieron que juntar dos instantáneas individuales de forma artesanal para obtener la imagen que requería el certificado de matrimonio. Y el banquete lo sirvieron en la cantina de lo que ella calificó como “campo de concentración”: arroz con verduras y unos trozos de pollo.

La pareja nunca tuvo hijos porque Liu no quería que viesen a su padre arrestado una y otra vez. El activista sabía que estaba condenado a continuar entrando en prisión de forma intermitente, porque tenía muy claro que no lo iban a callar. “Creo que, en una dictadura, si quieres ser una persona con dignidad, debes luchar por los Derechos Humanos”, se reafirmó durante una conversación en 2007. Un año después, selló su suerte.

Junto a otros activistas e intelectuales -hasta 600 terminaron firmándola, incluidos artistas del renombre de Ai Weiwei-, Liu colaboró en la redacción de la Carta 08, que se limitaba a pedir una reforma de la Constitución que acabase con el partido único y facilitase la transición a una democracia parlamentaria. Liu, que siempre había criticado duramente al Partido Comunista por aferrarse al poder, fue arrestado dos días antes de la publicación del documento.

Después de meses detenido, el día de Navidad de 2009, una fecha elegida para reducir el impacto mediático internacional -algo que ha sucedido con muchas decisiones polémicas de China, tomadas cuando los corresponsales cogen vacaciones o publicadas a altas horas de la noche-, Liu recibió su última sentencia. Y se le condenó, precisamente, por uno de los delitos que quería abolir. Once años de prisión que van a terminar convirtiéndose en pena de muerte.

Ni siquiera la concesión del Premio Nobel de la Paz, en cuya ceremonia Liu estuvo presente a través de una silla vacía, sirvió para ablandar a los dirigentes chinos, que siempre se han referido al disidente como ‘un criminal convicto’. Es más, lo que consiguió el galardón es que China y Noruega se enfrentasen en un agrio conflicto diplomático que ha durado años, y que Liu Xia fuese puesta bajo arresto domiciliario a pesar de que no se han presentado nunca cargos contra ella.

Aislada del mundo desde 2010, sus allegados aseguran que cayó en una grave depresión hace ya varios años, que se ha agudizado por la muerte de varios allegados, y que en 2014 sufrió un infarto. Sin duda, la situación de su marido será otro duro golpe para una mujer que ha sido condenada por amar de forma incondicional. “Lo más difícil no es ser un activista, sino ser el familiar de un activista”, admitió él antes de ingresar en prisión por última vez.

A pesar de todo el sufrimiento, Liu Xiaobo nunca perdió la esperanza. “Estoy convencido de que el progreso democrático en China no se detendrá. Estoy lleno de optimismo y espero ver en el futuro una China libre. Porque no existe ninguna fuerza capaz de detener la lucha por la libertad, China terminará convirtiéndose en un Estado de Derecho donde reinen los Derechos Humanos”, afirmó en un comunicado publicado tras el último juicio.

Lamentablemente, él ya no verá la China con la que soñó.

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