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España soporta olas de calor más agudas y frecuentes por el cambio climático

España está soportando una nueva ola de calor. Desde el miércoles pasado hasta, al menos, el domingo 16 de julio, la Agencia Estatal de Meteorología tiene declarado un aviso especial “con temperaturas máximas por encima de los 40ºC” y picos de 44 ºC, especificaba la agencia. Este viernes se ha medido el récord histórico de calor al llegar el termómetro a 47,3ºC en Montoro (Córdoba), (aún pendiente de verificación oficial). Eso datos llegan tras los valores de la anterior ola de calor registrada por la AEMET: 44,5ºC en junio.

2017 “está viéndose marcado por las olas de calor y nuevos récords de temperaturas diarias”, analiza la Organización Meteorológica Mundial (OMM). Al acabar junio, Copernicus, el programa de observación de la Tierra de la Unión Europea, informó de que el mes “fue mucho más cálido que la media en el sur y centro de Europa, especialmente en la península ibérica”.

La advertencia y cálculo de los expertos de la ONU sobre cambio climático apuntaban hace más de una década a la multiplicación de las olas de calor en Europa, además, de forma más virulenta. La Organización Mundial de la Salud las ha señalado como uno de los peligros que las autoridades sanitarias deben manejar.

Un episodio específico de alto calor no puede relacionarse directa e inequívocamente con el calentamiento global. Es la tendencia y la frecuencia las que vienen determinadas por el cambio climático, según explican los expertos. Actualmente se han doblado las posibilidades de padecer picos prolongados de alta temperatura respecto a 1950. La Agencia Meteorológica Británica concluyó ya en 2014 que Europa soportará veranos especialmente calurosos, al menos, “una vez cada cinco años” debido al calentamiento global provocado por los humanos.

Esto fenómenos no suponen una simple constatación de que en verano hace calor. Para declarar una ola deben encadenarse, al menos, tres días consecutivos en los que el 10% de las estaciones medidoras superan la media de temperaturas máximas del periodo 1971–2000 para los meses estivales. Calor por encima de lo habitual, no calor a secas.

Las olas se catalogan según tres criterios: los días que dura, la temperatura máxima que alcanza y la extensión geográfica en la que se declara. En España, las peores olas de calor desde que se tienen registros específicos –la serie arranca en 1975– se han producido ya avanzado el siglo XXI. La “más significativa”, como la califica la AEMET, se produjo hace solo dos años: en 2015 se empalmaron 26 días de temperaturas inusualmente altas al arrancar junio. 30 provincias se vieron afectadas. La alerta para el episodio actual alcanza a 28.

La siguiente ola más destacada se produjo en agosto de 2003 y duró 16 días. Fue muy extensa y se hizo sentir en 38 provincias. El podio lo completa, hasta el momento, otro verano reciente: en 2012, la ola de agosto alcanzó 40 provincias, “siendo la más intensa en este sentido”, destacan los meteorólogos.

En ninguno de esos años el valor máximo subió tanto como en 2017 aunque fueron más prolongadas. Además, el año pasado, cuando estaba a punto de cerrarse el verano, el sur de Europa (incluida España) padeció una ola de calor en septiembre que hizo que se batieran los récords históricos del mes en 35 observatorios españoles. Algunos pulverizaron su marca por tres grados y “numerosas” estaciones midieron el pico de calor de todo el verano en ese episodio tardío. El verano de 2016 tuvo cuatro olas, el dato más alto del siglo.

Madrid como Las Vegas

Los fenómenos meteorológicos extremos están científicamente relacionados con el calentamiento global del planeta que fuerza cambios en el clima. Las emisiones de gases de efecto invernadero causan un forzamiento en la atmósfera que impide que la radiación solar abandone la Tierra: se queda calentando la superficie. De hecho, los tres años más calientes desde que hay mediciones, a finales del siglo XIX, han sido 2014, 2015 y 2016. Cada uno batió al anterior en una secuencia nunca observada. En 2017, de enero a junio, cada mes ha sido el más cálido o el segundo más cálido de la historia moderna.

La OMM, en un intento de ilustrar consecuencias cotidianas del cambio climático, acaba de realizar unos modelos que prevén cómo se comportará el tiempo en caso de mantener las emisiones de gases. La premisa elegida ha sido, precisamente, que las olas de calor agudas se convertirán en el escenario habitual en las ciudades. Las urbes suman el efecto de isla de calor a sus veranos cada vez más cálidos.

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Así, por ejemplo, los técnicos de la organización explican que, con un escenario de emisiones moderadas, para 2100, la temperatura media de los veranos en Madrid (hoy 28,9 ºC) será como la de Bamako, en Mali (32,7). El termómetro de Barcelona equivaldría, precisamente, al de Madrid. El caso de Sevilla, pasaría a ser como la capital de Mauritania, Nuakchott. Valencia estaría en la franja de Argelia.

Los cálculos para un mundo que no recortase el efecto invernadero colocan a Madrid a la altura de Las Vegas (EEUU) y al resto de ciudades españolas analizadas las manda a la franja entre Irak y Egipto.

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